Una vida es poco más que un decena de años,
un suspiro en la inmensidad de la existencia,
un momento fugaz, un destello en el océano,
un legado que construimos en nuestra presencia.
Un año es más que trescientos sesenta y cinco días,
es un ciclo que nos marca el tiempo que pasó,
un recuerdo, una experiencia, un aprendizaje,
que nos muestra que la vida no se detuvo.
Un día es más que veinticuatro horas,
una oportunidad de ser felices y de amar,
un abrazo, una risa, una mirada,
que nos invita a disfrutar.
Una hora un poco más de sesenta minutos,
un instante que nos muestra que todo puede cambiar,
un sueño, un proyecto, una meta,
que nos impulsa a avanzar.
Un minuto más que los sesenta segundos que le conforman,
un lapso de tiempo que puede ser eterno o fugaz,
un beso, una lágrima, un adiós,
que nos recuerda lo que en la vida es capaz.
Al final un segundo no es más que una fracción de tiempo,
y el tiempo es tan solo una medida abstracta,
una que nos recuerda que somos finitos,
y que la vida es solo una oportunidad concreta.

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